Catrecillo

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Cuando mi hija estaba chiquita, yo me preguntaba cómo es que podía entenderme cuando le hablaba, cuando le mostraba un libro con láminas de animales que ella jamás había visto, teniendo en cuenta que las palabras eran todas nuevas para ella. Me parecía que para ella tenía que ser como para mi oír una frase en mandarín. Las palabras dichas en un idioma que uno no conoce carecen de significado para uno, pero ¿cómo adquieren significado las palabras?

Que el cerebro debe tener un lenguaje propio que es independiente del idioma hablado fue una idea que propuso Bertrand Russell hace más de cien años en su trabajo sobre sistemas lógicos; después, lingüistas como Jerry Fodor y más adelante Steven Pinker la reforzaron. En ese lenguaje desconocido e interno llamado el mentalés, la palabra perro, símbolo de perro, se corresponde con la colección de memorias que se han formado a través de la experiencia con los perros. El símbolo perro, en el lenguaje de la mente, puede ser muy rico, si se han tenido muchas relaciones con estos, y muy pobre, si solo se han visto unos cuantos y nunca se ha interactuado con ellos.

Para entender un lenguaje tenemos que pasarlo del propio idioma al mentalés. Para entender la palabra colibrí hay que tener una idea de los colibríes, en el mentalés; sin representación mental que les dé significado no tenemos más que un sonido. Los sicólogos y lingüistas de la actualidad, como Benjamin Bergen, consideran que los significados deben estar interconectados con las experiencias del mundo que nuestro cerebro ha tenido a través del cuerpo, y guarda en la memoria.

El cerebro se puede entender como un simulador de la realidad. Lo utilizamos para imaginarnos como sería una vivencia o una acción, sin realizarla en la vida real. La realidad humana se compone de conocimientos muy distintos de los de la realidad de un colibrí. Comprender el lenguaje es tener una experiencia mental vicaria, que simula los eventos de la realidad, producida por la información lingüística.

Con unas pocas palabras comunicamos una increíble cantidad de sutilezas y detalles. Bergen considera que una posibilidad para explicar esta hazaña sería que corporizamos, o encarnamos la simulación. Usamos nuestro sistema visual cerebral no solo para ver el mundo sino también para simular mentalmente las cosas que no están presentes. Cuando nos dicen la palabra rana o pocillo, por utilizar cualquier sustantivo, las zonas visuales del cerebro muestran tener actividad eléctrica. Usamos la simulación visual para ciertas altas funciones cognitivas, como recordar y categorizar. Por tanto, es razonable hacer la hipótesis de que utilizamos nuestro sistema visual cerebral también para entender el lenguaje que se refiere a las cosas visuales.

En variados estudios científicos, más de doscientos, cuenta Bergen en su libro, Louder Than Words. The New Science of How the Mind Makes Meaning, se ha comprobado que para recordar o imaginar, las personas utilizamos sistemas motores del cerebro al hacer esa simulación y recreación. Como la evolución es recursiva y económica, usamos la misma maquinaria cerebral para recordar lo que vemos que para ver, la misma para recordar lo que oímos que para oír, la misma que utilizamos para movernos que las que usamos para pensar en las acciones y en los movimientos. Creamos significado usando viejas partes del cerebro, evolutivamente hablando, aquellas que en el curso de cientos de millones de años de evolución como mamíferos evolucionaron para otras funciones distintas del lenguaje: percibir y actuar.

Pero no es solo eso, el lenguaje incluso manipula la perspectiva que adoptamos para simular mentalmente los objetos. Juan le pegó un puñetazo a Jorge es una cosa distinta en nuestra mente que Jorge recibió un puñetazo de Juan. Es claro que el cuadro mental que hacemos con cada una de estas frases ubica a Juan o a Jorge en lugares preferenciales según la frase. Los gringos tienen la forma pasiva en la que uno puede pegar pero uno puede ser pegado por alguien también. Nosotros la tenemos, pero la usamos menos. Podemos decir Fui recibido por el rey, aunque más comúnmente digamos El rey me recibió. 

La mente simula las formas y las orientaciones según las frases. Nos imaginamos cosas distintas cuando oímos la frase: la paloma estaba en la jaula, que, la paloma volaba por entre las ramas, o el huevo estaba en la nevera, que, el huevo estaba en la cacerola. En el primer caso visualizamos el ave con las alas cerradas, y en el segundo, con las alas abiertas; el huevo entero y el huevo abierto, respectivamente.

Bodo Winter y Benjamin Bergen descubrieron que no solo decidimos un ángulo sino también una distancia cuando decimos una frase sobre un objeto. La frase implica una distancia. Vio la pelota de golf salir disparada y cogió la pelota de golf en sus manos, son frases que nos hacen ver en la mente la pelota de dos tamaños distintos. Ambas frases sugieren aproximaciones distintas a la pelota. Al oír una palabra activamos los detalles perceptuales que se refieren al objeto.

Existe un debate sobre el relativismo lingüístico. Un debate abierto sobre si el lenguaje hablado afecta el modo como pensamos. Pero el asunto aquí es cómo el lenguaje afecta la mente, el pensamiento no lingüístico. La rutina de patrones de pensamiento que cada idioma exige es distinta, y en ese sentido lo que ocurre en la mente es distinto. El pensamiento de un hablante de un idioma es distinto del pensamiento de un hablante de otro idioma, porque la memoria y la relación con el mundo de cada persona y de cada cultura presentan diferencias. Por ejemplo: la frase, El hombre esperaba en la calle, puede significar para un oriental que el hombre estaba de cuclillas, para un occidental, que esperaba de pie. Ella me entregó su tarjeta, para un occidental es una mano que se extiende, para un oriental, si es de alto rango, ella utiliza las dos manos para entregar la tarjeta. El lenguaje es un factor cultural, en la medida que la palabra o la acción representan cosas distintas según la cultura, pero a todos, no importa la cultura, se nos activan las zonas encargadas de la visión o del movimiento según el caso de lo hablado.

En general, se cree que incluso los conceptos abstractos son manejados en el cerebro como entidades concretas, hablamos de la personalidad en términos de temperatura y de la moralidad en términos de color o de limpieza. A lo mejor entendemos el lenguaje abstracto usando los mismos mecanismos para las cosas de la vida real concreta. ¿Agarraste la idea? Seguro que sí, aunque las ideas no se pueden agarrar en el sentido literal, pero sí en el metafórico.

Se ha demostrado que hacemos simulaciones corporales mentales cuando entendemos el lenguaje. Este es un campo nuevo en la investigación y solo se sabe cómo y cuándo estas simulaciones ocurren, no se sabe todavía en realidad cómo es esa simulación y la interconexión con la capacidad de darle el significado. Las palabras tienen mucho significados y cambian según el contexto. ¿Cómo están codificadas las representaciones?, no se sabe, algunos han propuesto que en el mentalés; otros, que en la simulación corporal, que esta se encarga de darle sentido al lenguaje. Benjamín Bergen deja abierta la posibilidad de que la encarnación mental del lenguaje sea una aproximación a su comprensión, un factor más en su comprensión, no la explicación completa.

En la ciencia del lenguaje, dónde está el significado tiene hoy en día un lugar más central que el estudio de la forma, existe una relación íntima entre la forma y el significado en el lenguaje. Decir: almorcé, después de escribir este artículo, significa una cosa distinta a: después de escribir este artículo, almorcé. Y así lo hice, después de escribir este artículo, almorcé.

El libro de Bergen Bejamin se llama: Louder Than Words. The New Science of How the Mind Makes Meaning. Publicado por Basic books, New York, 2012.

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